Adanismo político

 

He tomado prestada esta expresión del artículo que recientemente ha publicado Manuel Zafra Víctor en el que da sus argumentos a favor de las diputaciones provinciales, en este debate abierto en torno a su existencia. Yo no vengo aquí hablar sobre ellas, aunque he de decir que no comparto sus argumentos para la pervivencia de las diputaciones. Creo que la intermunicipalidad se puede conseguir por otras fórmulas que evitarían la mala imagen que, en muchos casos, estas entidades están dando a la vida local. Creo que las diputaciones  desgraciadamente hoy son fundamentalmente útiles a los aparatos de los partidos para hacer de la política un fin en sí mismo, en el peor sentido de la palabra. La elección de diputados provinciales corre a cargo de los aparatos orgánicos de los partidos  que dan las instrucciones y reparten cargos de diputados entre concejales y alcaldes, liberaciones, gratificaciones y dietas para los cerca de mil diputados que son elegidos. Por otra parte, en las seis comunidades autónomas uniprovinciales en las que no hay diputaciones no hay ningún problema de intermunicipalidad ni se echa en falta la diputación.

Pero bueno, lo cierto es que el artículo al que me refiero se cierra con unas palabras que me permiten sintetizar lo que vengo a decir en otro orden de cosas.

“(…) es responsabilidad de los políticos no condenar a cada generación de españoles a inventar el fuego abrasándose las manos, aquella advertencia de Manuel Azaña que Hannah Arendt expresaba bellamente: mirar el pasado con los ojos puestos en el futuro. Una actitud sensata que evite el adanismo de creer que la historia comienza con nosotros y lo que nos precede es el error (…)”

La mayoría de los gobiernos municipales que han sustituido a los anteriores con un  nuevo alcalde a la cabeza, ya sean del mismo partido que anteriormente gobernaba o de otro -ya se sabe aquello de que en política hay adversarios, enemigos y luego están los compañeros de partido- están cayendo en el adanismo. No me refiero al replanteamiento de políticas, estrategias para la ciudad, o cosas de calado que hacen falta y no se abordan. Me refiero a cosas de andar por casa. Al “manual básico de instrucciones” para conducir el vehículo municipal, la administración municipal. Que no es ese librito cutre que todavía andan repartiendo los partidos llamado “manual del concejal”. Tiene que ver con el ejercicio del rol de gobernante  y con los valores elementales de un sistema democrático que, aunque joven, treinta años de gobiernos municipales democráticos, ya debería tener suficiente experiencia como para administrar los cambios de gobierno con una cierta normalidad, algo que este verano se echa en falta en algunos de los nuevos ayuntamientos.

Desde luego, de esta situación no se puede culpar a los nuevos ediles a los que sus partidos han lanzado al ruedo, y ellos, como si de la primera vez se tratara, no atinan con las teclas del cuadro de mando. Como si fuera una comedia, podríamos decir que cada vez que tocan una tecla, o dejan al personal a oscuras, o les da a ellos la corriente. Resultaría cómico si no fuera porque las administraciones municipales que ya han vivido siete cambios (nuevos mandatos) están un poco cansadas y echan en falta una cierta normalidad tras las elecciones cada cuatro años. Los partidos políticos ya han tenido tiempo suficiente para poner remedio a esta situación y evitar que los nuevos alcaldes y concejales se comporten a estas alturas como principiantes. Los que por cuestión de edad, hemos asistido a estos cambios desde los años ochenta, casi nos atrevemos a decir que vamos a peor. Quizá sea la forma de reclutar de los partidos, el desprestigio de la política,  las listas cerradas, o un poco de todo.

En el terreno de la cultura democrática es bastante triste ver cómo a funcionarios de carrera, que ni siquiera desempeñan puestos de libre designación, se les manda a cualquier sitio, o sin cambiarlos, se les condena a no hacer nada que tenga que ver con su categoría.

Si la democracia se caracteriza por el cambio ordenado y pacifico en la sucesión del ejercicio del poder, parece que esto se estuviera olvidando y más que ganar parece que hubiera que arrasar con lo anterior, en los instrumentos, no en las políticas, por principio. A tal fin es como si los partidos estuvieran más interesados en adoctrinar a su gente respecto de cuestiones insignificantes que de formar  para gobernar. Es penoso ver nuevos gobiernos  que se proponen el cambio de un jefe de negociado o celebran haberlo realizado, como si de una revolución se tratara. A lo mejor esto es también cosa de los “mercados”, que quieren que la política quede reducida a esto, a cambiar solo jefes de negociado.