Politicos y tecnocracia política

Recuerdo que a finales de los años ochenta cuando hablabas con los políticos locales y regionales, todos tenían muy claro lo que tenían que hacer. No solamente no preguntaban a nadie sobre lo que se debía hacer sino que cuando les decían o les sugerían al respecto, tampoco escuchaban. Entre aquella clase politica, los más modernos, con la amenaza de que los cementerios están llenos de gente imprescindible que lleva razón, apuntaban hacia  maneras más empíricas de hacer politica.  Orientaban hacia prácticas más próximas a la gente, preguntando por sus necesidades y sus aspiraciones. Proponían la realización de encuestas para ver qué quería la gente y actuar en consecuencia. Es verdad que por aquellos tiempos, no había que leer muchos tratados sobre las necesidades, ni preguntar mucho para saber lo que había que hacer. Eran tales las carencias de infraestructuras y de servicios en las ciudades que no había tiempo que perder para salir adelante.

Poco a poco las ciudades se fueron dotando y las carencias aparentes fueron desapareciendo, de la misma manera que la estrategia se fue convirtiendo por lo general, en hacer aquello que la gente iba pidiendo. Se trataba de sacrificar el modelo de futuro que cada gobernante tenía en su cabeza por temor a no salvar el presente. Para ser el actor principal de la ciudad futura había que estar en el poder, si se producía un desapego del electorado y se perdía el gobierno, los protagonistas principales serían otros.

En los últimos años los gobiernos han estado más pendientes de lo que quería la gente, que de trabajar en aquello que los alcaldes estaban convencidos de qué había que hacer. Ha habido una esclavitud por satisfacer a la ciudadanía en sus demandas mas inmediatas, incluso caprichosas, renunciando a menudo a trabajar en otro terreno mas laborioso y de más largo recorrido, que es convencer sobre la bondad de propuestas que tienen sus resultados en un futuro no tan inmediato. Convencer en el terreno de las prioridades, de lo importante, de lo excluyente, del valor y coste de la oportunidad.

Ahora nos encontramos con el problema de que no se pueden mantener todos los servicios que se están dando. Los gobiernos no van a tener más remedio que trabajar en el terreno pedagógico de la razón con los vecinos. La forma de gobernar ya no puede ser la de estar pendiente de ver lo que quiere la gente para complacerla, sino la de convencerla de lo que cada Alcalde entienda que debe de ser el modelo y los servicios de su ciudad. Mantener el gobierno de una ciudad va a depender, no tanto de lo que se va a ofrecer en esa especie de rebajas en las que se convierten los periodos preelectorales, sino en la capacidad de convencer acerca de lo que cada cual entiende que hay que hacer para el futuro  de su ciudad.

Claro que, para convencer a otro, lo primero que se tiene que estar es convencido uno mismo. En la jerga de la abogacia se dice que si el acusado no está convencido de su inocencia poco se puede hacer por él. Tampoco vale aquello de que soy un buen gestor y voy hacer de manera eficaz aquello que me digáis que hay que hacer. Eso, siendo una buena cualidad, no es suficiente para liderar una ciudad y conducirla hacia un futuro prometedor, convenciendo a la ciudadanía y los actores sociales, del orden de prioridades para que de una manera armónica se conduzca la diversidad de la ciudad hacia unas metas concretas.

Ahora estoy leyendo el libro Pensamienos y Recuerdos de Václav Havel. En la entrevista que mantiene con Karel Hvízd’ala señala la necesidad de que la política tenga una orientación pedagogica:

En los años ochenta aseguró: Doy prioridad a una politica que sale del corazon, y no de alguna teoria.

(…) Lo principal es que aún hoy lo suscribo. En los últimos quince años, en innumerables ocasiones he tenido la oportunidad de convencerme de la importancia, en un Estado democratico, de que la politica no sea una mera tecnologia del poder, sino que dé un verdadero servicio a los ciudadanos, un servicio, a poder ser desinteresado, fundado en ideales concretos y que atienda al orden moral por encima de nosotros, que perpetúe los intereses de la raza humana a largo plazo y que no solo le inquieten las preferencias de la sociedad del momento; en definitiva, que se niegue a convertirse en un mero juego de diversos intereses particulares o fines pragmaticos tras los que finalmente se esconde un unico objetivo: el afan de mantenerse en el timon a cualquier precio. Por supuesto,  soy consciente de que una cosa es filosofar de forma independiente y otra conseguir fines concretos en politica. Lo reconozco. Pero eso no siginifica  que la politica tenga que renunciar a todos los ideales, renegar del “corazon” y convertirse en una especie de tecnocracia con movimiento propio”.

Desde posiciones muy distantes geográfica  y políticamente, el otro día leía en el diario La Verdad de 10 de julio de 2010 unas declaraciones de quien fuera portavoz del Partido Popular en el Congreso de los Diputados, hace ya muchos años, hoy ya retirado de la actividad politica. En ellas, Juan Ramón Calero, lamentaba que lo que funcione ahora sea el clientelismo de las clases políticas provincianas y sostiene que, si bien la política debe adaptarse a la realidad social, también la política debe cumplir una función pedagógica sobre la realidad social. Los políticos no deben funcionar sólo con encuestas: la gente opina esto yo hago esto, no, los políticos tienen que señalar objetivos suficientemente ilusionantes para convencer al pueblo.